METAFÍSICA

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Mi formación en metafísica llegó después de años de investigación, estudio y experimentación en torno a la conciencia, la muerte y la posibilidad de que la vida continúe más allá del cuerpo físico.

Durante mucho tiempo me dediqué a investigar fenómenos que, desde perspectivas muy distintas, parecían apuntar hacia una misma dirección: las experiencias cercanas a la muerte, los fenómenos del lecho de muerte, la lucidez terminal, la reencarnación, los recuerdos espontáneos de otras vidas, la mediumnidad, la transcomunicación instrumental, los estados expandidos de conciencia y otros muchos fenómenos relacionados con la supervivencia de la conciencia.

A medida que mi investigación avanzaba, fui sintiendo la necesidad de ir un paso más allá. No solo quería seguir estudiando e investigando estos fenómenos, sino también encontrar un marco de comprensión más amplio que me ayudara a integrar, ordenar y dar sentido a gran parte de lo que había observado, vivido y experimentado durante años.

Fue en ese momento cuando la metafísica se volvió especialmente importante en mi camino.

Decidí cursar estudios de metafísica en una universidad privada de Estados Unidos, una de las instituciones más antiguas y prestigiosas dentro de esta disciplina. Mi intención no era recorrer un camino académico convencional ni acumular títulos, sino profundizar en el conocimiento de la conciencia, comprender con mayor claridad muchos de los fenómenos que llevaba años investigando y ampliar mi propia visión sobre la naturaleza del ser humano, la vida, la muerte y la realidad.

Dentro de ese recorrido tuve también la oportunidad de realizar un máster en estados expandidos de conciencia, un ámbito que ya ocupaba un lugar central dentro de mi investigación y que fue decisivo para seguir profundizando en la relación entre conciencia, experiencia interior y transformación. Más adelante desarrollé también una tesis doctoral centrada en la supervivencia de la conciencia tras la muerte física, en la que pude reunir, ordenar y dar profundidad a gran parte del trabajo de investigación, estudio y experimentación que había desarrollado durante más de una década.

Aunque este tipo de estudios no formen parte de la enseñanza reglada tradicional ni estén reconocidos oficialmente como una carrera convencional, para mí tuvieron un valor inmenso. No solo me ayudaron a consolidar y organizar muchos de los conocimientos que había adquirido durante años de investigación y experiencia directa, sino que me ofrecieron un marco mucho más amplio desde el que comprender la dimensión profunda de la conciencia y del proceso evolutivo del ser humano.

La metafísica me permitió profundizar en una idea que, con el tiempo, se volvió esencial en mi manera de entender la vida: el ser humano no es únicamente un cuerpo físico ni una mente limitada a la experiencia material. Somos una conciencia mucho más amplia de lo que habitualmente creemos, y nuestra existencia no se reduce a lo visible, a lo tangible ni a lo que perciben los sentidos.

Comprendí que detrás del mundo físico existe una dimensión mucho más sutil, profunda e invisible, de la que la vida material es solo una pequeña parte. Y comprendí también que la conciencia no puede explicarse únicamente desde el cerebro o desde una visión puramente biológica del ser humano, sino que parece estar vinculada a una dimensión no local, inmortal y en constante evolución: aquello que muchas tradiciones han llamado alma.

Desde esta mirada, la metafísica no es una teoría abstracta ni una simple especulación filosófica. Es una vía de comprensión de la conciencia, de la energía, del sentido de la vida y del proceso evolutivo del ser humano.

La metafísica me ayudó a contemplar con mayor claridad que todo cuanto vivimos tiene una dimensión energética y de conciencia. Pensamientos, emociones, decisiones, vínculos, experiencias y aprendizajes forman parte de un proceso mucho más profundo de evolución interior. El ser humano no es un ser fragmentado, sino una realidad multidimensional que se expresa en distintos niveles —físico, emocional, mental y espiritual— y cuya vida no puede entenderse de forma completa si se la reduce únicamente a la materia.

Estudiar metafísica transformó profundamente mi manera de comprender la existencia. Me permitió contemplar con otra profundidad el sufrimiento, el propósito, el aprendizaje, la responsabilidad personal, la muerte y el sentido mismo de estar vivos. Me ayudó a comprender que la vida física no agota lo que somos, y que nuestra conciencia forma parte de un recorrido mucho más amplio que trasciende una sola existencia.

Por eso, para mí, la metafísica no ha sido solo una formación. Ha sido una verdadera lección de vida y una herramienta de comprensión profunda.

Junto con los fenómenos psíquicos y de conciencia que he investigado durante años, la metafísica me ha llevado a comprender que la muerte no es un final, ni un lugar al que vamos, sino un cambio de estado: una transición de la conciencia desde la experiencia física hacia una realidad más amplia, más sutil y más esencial.

También me ha permitido comprender con más claridad la importancia de la energía mental, de la dirección de nuestros pensamientos, de la forma en que interpretamos la realidad y del papel que todo ello tiene en nuestra experiencia de vida. Lo que pensamos, sentimos y sostenemos interiormente no es irrelevante: participa activamente en la forma en que vivimos, interpretamos y construimos nuestra realidad.

Para mí, uno de los grandes valores de la metafísica es precisamente ese: nos invita a salir de una visión reducida del ser humano y nos recuerda que somos mucho más de lo que creemos ser cuando nos identificamos únicamente con el cuerpo, con la mente o con nuestra historia personal.

Me ayudó a mirar la vida desde un lugar más amplio.
A entender la muerte de otra manera.
A comprender la conciencia como una realidad inmortal en evolución.
Y a reconocer que nuestra existencia no termina con el cuerpo, sino que forma parte de un proceso mucho más vasto, profundo y trascendente.

Gran parte de estos conocimientos y comprensiones forman hoy parte de la formación de Analistas de la Conciencia del Instituto Blasco, donde comparto una visión de la conciencia, la vida, la muerte y el proceso evolutivo del ser humano nacida de años de investigación, experiencia directa, estudio y trabajo interior.

Porque después de todo lo vivido, investigado y aprendido durante este camino, si hay algo que hoy siento con claridad es que comprender más profundamente quiénes somos transforma por completo la forma en que vivimos.

Y eso, precisamente, es una de las grandes aportaciones que la metafísica ha tenido en mi vida.

Hipnosis

Junto a la metafísica y a la investigación de los fenómenos psíquicos vinculados a la continuidad de la conciencia, la hipnosis y los estados expandidos de conciencia ocuparon muy pronto un lugar esencial en mi recorrido, hasta convertirse también en una de mis grandes pasiones.

Durante años me he formado de manera intensa en distintos métodos, enfoques y técnicas con profesionales e instituciones de diferentes lugares del mundo, profundizando en el estudio y la exploración de aquellos estados de conciencia que permiten acceder a experiencias de transformación, comprensión interior y expansión de la conciencia.